La escena es así: ella, desnuda, parada frente vos. Vos, con la camisa a medio desprender, acabás de quedarte sin palabras y te estás dando cuenta que esa siesta va a ser inolvidable. Entonces suena el celular, te avergüenza el ringtone infantil que le pusiste, pero no podés apagarlo porque tenés pánico de que ella desaparezca si dejás de mirarla. El aparato vuelve a sonar y en un arrebato de cobardía salís corriendo a esconderte de la felicidad.
Nunca más volvés a verla y durante años no hacés otra cosa que recorrer, cada noche, la sombra de su recuerdo. Te inventás excusas absurdas para justificar tu estupidez: que las cervezas fueron insuficientes para derrotar al miedo, que no tuviste tiempo de amarla o que no supiste cómo hacerlo.
Cuestión que veinte años después te la encontrás en la calle. Se ve más cansada, con menos sueños, pero igual de hermosa. Querés hablarle, pedirle perdón, jurarle que si pudieras volver el tiempo atrás no cometerías la misma idiotez. Ella se acerca, quizás también te ha reconocido, tal vez está controlando las ganas de romperte la nariz de una trompada o a lo mejor ya ni siquiera le vales la pena. Pasa muy cerca tuyo, notás que todavía usa el mismo perfume, y antes de darte la espalda te sonríe, pero su sonrisa es una lágrima. Estas dejando pasar otra chance. Por segunda vez en tu vida decidís huir de ella. Y ya nadie puede perdonarte.
El celular suena por tercera vez. Y volvés a esa siesta, a verla desnuda, con veinte años menos, con tu camisa a medio desprender. No entendés absolutamente nada, pero sin titubear agarrás el teléfono y apenas girás para escaparte, una pregunta te detiene en seco y te hiela la sangre: ¿y si esta vez te quedás?
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